Historias de Tampico: La Niña Embrujada
Era el año de 1929 y en los callejones de la colonia #Cascajal en #Tampico, tuvo lugar un relato que comenzó como historia de ultratumba que erizó la piel de los vecinos.
La crónica de este drama, que mantuvo en vilo a la opinión pública porteña, se sitúa en una de esas viviendas sórdidas y estrechas típicas del naciente barrio.
Román Martínez, hombre de trabajo pero presa de la natural inclinación al misterio, denunció con horror que su hijastra, la pequeña Luz Herrera, había caído bajo un influjo maléfico.
La señal del «hechizo» fue tan fétida como visual: la niña regresó un atardecer de casa de su vecina, la anciana Casimira Aguilar, bañada en una pócima de olor putrefacto y pétalos de tulipán marchitos.
Para el ojo profano, era la marca de una bruja; para el corazón de un padre, el inicio de una posesión que sumió a la menor en un mutismo absoluto y una depresión que ninguna plegaria lograba romper.
Sin embargo, en aquel #Tampico que aspiraba a la modernidad, la ciencia ha reclamado su lugar. Tras una rigurosa auscultación, los facultativos despojaron al caso de sus vestiduras sobrenaturales. El diagnóstico es tan terrenal como irrefutable:
No hubo conjuro, sino un lamentable accidente. La pequeña Luz ingirió, por descuido en la morada de la anciana, potentes fármacos destinados a combatir la ansiedad, cuyos efectos secundarios la sumieron en ese estado de estupor y letargo que el vulgo confundió con un trance espiritual.
El hedor que aterrorizó a la familia no era más que agua estancada. Un florero olvidado, con flores de tulipán en avanzada descomposición, volcó accidentalmente sobre el vestido de la niña, impregnándola de ese aroma a mortecina que alimentó la histeria colectiva.
Es notable cómo la sociedad de hace un siglo, ávida de emociones fuertes y explicaciones místicas, prefirió imaginar un exorcismo antes que un frasco de medicina mal guardado.
Luz Herrera pronto se recuperó, no por rezos o ensalmos, sino por el tratamiento adecuado que ha limpiado su organismo de la droga y su mente de la melancolía.
En pocos días la pequeña retornó alegre a su vida; mientras que la anciana, tachada de bruja, recibió infinidad de disculpas por parte de sus vecinos.
